QUETZALCÓATL Y EL MAESTRO CARLOS MÉRIDA

En una tarde de agosto nos paseábamos por las arterias  de la engalanada Ciudad de México . Se preparaba el país para celebrar las esperadas Olimpiadas de México 1968.

El emblema olímpico y los colores rosa mexicano y verde sobresalían por todas partes y el ambiente era festivo, aunque se mostraban nubes oscuras a raíz de la inconformidad social existente que desembocó en la tragedia de Tlatelolco. Sin embargo, el singular evento que fue transmitido en vivo por primera vez por la televisión a colores se llevó a cabo con todo éxito en octubre de ese mismo año.

El gobierno federal coordinado con el del DF se habían esmerado en el desarrollo de toda la infraestructura olímpica, desde los adornos alegóricos en las principales arterias de la ciudad hasta las nuevas edificaciones como el hermoso palacio de los deportes y la villa olímpica, el estadio universitario sede del evento y el acomodo de instalaciones incluido el nuevo y monumental estadio Azteca al sur de la ciudad.

Pues bien, a través de ese pintoresco escenario el piloto del connotado muralista, el Mtto. Carlos Mérida, nos llevaba en el vehículo familiar al universal artista, a su esposa la tía Dalila Gálvez Marroquín de Mérida y a mi, como el sobrino que los visitaba de paso a estudiar en el TEC de Monterrey.

Destacan múltiples obras en el DF del Mtto. Carlos Mérida aunque algunas de ellas fueron reemplazadas por decisiones administrativas o destruidas por los terremoto que han azotado la metrópoli. Recientemente, sin embargo, se volvió a armar el monumental mural «Los Danzantes» en la Torre Manacar, nuevo edificio construido en la Ciudad de México.

Existe en la actualidad un revisionismo en México por la obra monumental de Mérida. En su momento se le llegó a mencionar como el cuarto gran muralista, a la par de Rivera, Siqueiros y Orozco, pero siempre quedó la interrogante si el hecho de no haber adoptado la nacionalidad mexicana sino conservado la ciudadanía guatemalteca hubiese influido en quedar en un segundo plano. Y en ese sentido viene al caso la siguiente anécdota.

En ese ir y venir en agosto de 1968 en el paseo con los tíos por todo el DF llegamos al inmenso complejo habitacional de la nueva unidad Nonoalco Tlatelolco.

Y al pasar al lado del imponente edificio de la Torre Insignia del complejo habitacional la tía Dalila comentó:

– «Aquí se iba a estrenar el mural de Carlos llamado Quetzalcóatl en ambas caras del edificio, pero no quiso que se continuara con la instalación…!»

El maestro respondió pausadamente:

– «No quise que se continuara con la instalación porque en el convenio original se especificaba que los expertos venecianos eran los encargados de instalar los mosaicos, pero la legislación mexicana exige que sea mano de obra nacional y no se pueden contratar extranjeros»

A lo que la tía Lila replicó:

– «Pero Carlos, te hubieras inmortalizado con esa obra…!»

Y el Mtto. Carlos Mérida respondió lacónicamente:

– «No hubiera quedado bien.»

Y así fue como el monumental Quetzalcóatl no pudo desplegar su inmenso penacho de plumas sobre la ciudad de México…

¿Será momento de revisar procedimientos y actuaciones? El tiempo lo dirá.

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